El sábado de madrugada, mientras yo dormía como duermen los justos y los jubilados, alguien entró a mi servidor por una puerta que yo ni sabía que existía.

No se llevó nada. Entró, se sirvió un café imaginario y puso a mi computadora a fabricar una moneda que nadie ha visto, que nadie ha tocado y que, según me explicaron, vale más que mi casa.

Mi abuelo guardaba los ahorros en un calcetín, debajo del colchón. Lo peor que le podía pasar era que alguien se llevara el calcetín. A mí me pasó algo más raro: me dejaron el calcetín y se llevaron la electricidad.

La puerta que nadie cerró

Resulta que el programa con el que hice este blog tenía una falla. Una sola petición bien armada, dicen los que saben, y cualquiera con internet podía darle órdenes a mi servidor. Me recuerda a las casas de mi colonia en los ochenta: nadie cerraba con llave porque nadie tenía nada.

Me dejaron el calcetín y se llevaron la electricidad.

El proveedor me suspendió la cuenta, como cuando la maestra castigaba a todo el salón por lo que hizo uno. Lo arreglamos, cambiamos todas las llaves y pusimos candados nuevos. Ahora el blog tiene más seguridad que la sucursal donde cobro la pensión.

Si usted está leyendo esto es porque volvimos. Y si alguien más lo está leyendo desde un servidor ajeno, sepa que ya le cambié la chapa. El café no era gratis.