Las plantas de mi esposa llevan un tiempo a mi cargo. Cuando las recibí estaban en terapia intensiva. Mi abuela decía que si uno va a hacer algo, lo hace bien o no lo hace, así que esperé. Y esperé.
Los rosales se llenaron de botones. La monstera, que estaba más moribunda que la relación con su ex, volvió a echar hojas. El lirio, que ya era un bulbo seco y un recuerdo, resucitó. Y el ave del paraíso, que en la vida había dado una hoja, dio sus primeras hojas y un botón de flor. Un botón. Yo andaba por el pasillo como entrenador de selección.
Entonces el hijo del vecino de arriba volvió a la carga. Otra vez. El mini jardín (que es de ella; yo solo soy el contratista) se convirtió en locación de la siguiente entrega de Misión Imposible: mucha acrobacia, cero respeto por el reparto vegetal.