Al ser humano le gusta presumir. Eso no es noticia. Lo raro es lo que presume.

Uno pensaría que se presume lo bueno: que me ascendieron, que me salió el pastel, que el carro arrancó al primer intento. Pues no. Hay quien se para en medio de la reunión familiar, se sirve otro tequila y anuncia, con el pecho inflado, que a él lo hicieron menso como a nadie. Que el del taller le cobró tres veces la misma bujía. Que le vendieron un terreno en un cerro que no sale en ningún mapa. Y lo cuenta sonriendo. Será el más tonto del pueblo, pero es el más.

Eso es lo que importa. Ser el más. El más fregón o el más menso. En medio no hay nada que contar.

La variante nacional

En México le agregamos una tercera opción, por si las dos no alcanzaban: el más tranza. Aquí se dice sin pena que el que no transa no avanza, y los amigos chilangos tienen su versión de banqueta: "Yo vine a fregar, no a que me frieguen". (La original lleva otra palabra. Usted ya la sabe. Yo tengo anuncios que cuidar.)

No sé si el más tranza es mejor o peor que el más menso. Sé que los dos se presumen igual. Con la misma sonrisa.

El sistema de votación demográfico

Y luego llegaron los reels.

Yo los veo en Facebook, la red de los viejos, la que ya huele a ciruela pasa y a buenos días con brillitos. Pero no se haga, joven: usted también tiene su cuenta escondida. Dice que es para ver qué andan haciendo sus papás. Ajá.

Ahí, en esos videos de treinta segundos, el que se avienta del techo a la alberca inflable y falla, gana. El que se estrella con la puerta de vidrio, gana. El que se exhibe como el más tarugo de la colonia junta miles de likes. Así les dicen. Yo les diría sistema de votación demográfico, pero el nombre no pegó. Como tantas cosas mías.

Mientras tanto, en otra esquina del mismo Facebook, alguien enseña a cambiar una llanta sin que se le venga el carro encima. Tiene un like. El suyo. A veces ni ese; como que ni él se tiene fe. Otro explica cómo poner la fecha de hoy en Excel, casi rogando que alguien se detenga a verlo. (Es =HOY(). De nada.)

El que enseña tiene un like. El que se cae del techo tiene patrocinador.

Porque eso es lo otro: el tarugo profesional tiene dinero. Mucho. Y hasta ahí le dejo, que no sé de dónde sale y no quiero averiguarlo, no me vayan a mandar saludos los mismos que traen en jaque a los aguacateros. Yo no tengo huerta. Ni ganas de tenerla.

No era Televisa

Por ahí circula una frase: no era Televisa, siempre fuimos nosotros. Tiene razón. Nadie nos obliga a ver los reels. Los vemos solitos, en el baño, a las dos de la mañana.

Y todos conocemos al compañero que dice que va al baño y ya no regresa. Media hora después sale con las piernas dormidas, el celular en rojo y la cara de quien vio a un señor caerse de la misma escalera cuarenta veces. Dice que algo le cayó mal. Sí: el algoritmo.

¿O me lo va a negar? Usted también ha salido de ahí cojeando.

Y no es cosa nada más de aquí. En los noventa nos llegó de Estados Unidos una película sobre dos amigos más tontos que una puerta. En México se llamó Una pareja de idiotas, y con el título ya no hacía falta la sinopsis. En Argentina le pusieron Tonto y retonto, que es más honesto: aclara que uno de los dos va ganando. Las series juveniles hicieron lo mismo: el nerd es un ser intragable, y el que hace tontería y media es un dios con chamarra del equipo.

Lo que nadie cuenta

Me gustaría cerrar con una conclusión sabia, de esas que se esperan de un viejo. No la tengo. La naturaleza humana es un trámite que nadie ha terminado.

Lo único que noto es que exageramos. Los chistes de siempre se lo cargan a las mujeres, que porque quieren lo que no tienen y lo que tienen no les sabe. Mentira. Es de todos. Queremos lo inalcanzable y lo que está en la mano lo dejamos enfriar.

Con la vida pasa igual. Si le va bien, es usted el más fregón. Si le va mal, el más menso. Nadie levanta la mano para decir que le fue más o menos, que hizo su trabajo, que pagó la luz a tiempo.

Nadie presume ser regular.