Otra mañana, otro grito. El vecino, regañando a su hijo.
Lo supe por los gritos y por la hora. (Con la hora bastaba. Los gritos son por si alguien en la cuadra no traía reloj.) Se les hizo tarde. Otra vez.
Yo me pongo del lado del padre. Tengo hijos. Cuántos, no viene al caso, no estamos aquí para hablar de mí. Lo que importa es que tengo experiencia, y la experiencia es lo que queda cuando se acaba la paciencia.
Dígame usted qué responsabilidad tiene un niño. Levantarse. Ir al baño. Desayunar, si tiene la gloria de que alguien le prepare algo. Vestirse. Y vámonos. ¿Cuesta algún trabajo? Se lo pregunto a usted, que también se levantó hoy.
Ahora mire el otro lado del mostrador. El padre se levantó antes que la criatura. Calienta las sobras o, si Dios es bueno, hay comida congelada, aunque lo amoroso es prepararla (y lo agotador también). Luego atiende lo de adultos: el trabajo, las cuentas, el correo que dice «urgente» y no lo es. Y entre una cosa y otra, el regaño. El mismo, palabra por palabra, por décima vez. Ya sale solo, como el «su llamada es importante para nosotros».
Siempre se lo dije a mi esposa: los niños aprenden rapidísimo. Tienen todo el tiempo del mundo y ninguna preocupación. Se aprenden el jingle de un anuncio en un día. Pero «ponte los zapatos» no entra, ni con prórroga. Uno no termina de dar la instrucción y ya están haciendo lo contrario.
Y entonces me acuerdo de algo incómodo: yo fui el niño.
A los treinta segundos de que me dieran una instrucción, yo ya estaba en otra parte. En mi cabeza. Una tía me decía «te pones los zapatos, sacas al gato, le sirves de comer al perro», y yo escuchaba, literalmente, «bla, bla, bla». Cuando por fin dejaba de hablar, hacía lo que mi cabeza ya traía programado. Por ejemplo, seguir donde me había quedado en los Halcones Galácticos antes de que llegara el adulto en turno. Y venía el segundo regaño: «¿No me oíste?»
Pues no. Si la hubiera oído, habría hecho al dedillo lo que me dijo.
Nunca fue falta de capacidad, ¿sabe? Era que estaba ocupado. Salvando la galaxia.
(Y entre hermanos, además, el afán de hacerse la vida imposible. Aprovechen, muchachos. De grandes solo se ven en las posadas y en el velorio. En el velorio, al menos, se callan.)
Mientras tanto, el padre del vecino grita y el niño, sin mover un músculo, con los ojos en blanco, contesta una sola palabra. «Padres.» Eso lo aprendimos de la tele. Pasaba en Aprendiendo a vivir, en El laboratorio de Dexter y hasta en los Muppet Babies, si la memoria no me falla, que es lo primero que falla. Una palabra. Sin «por favor», sin «perdón». Y el padre, nunca contesta.
Así que propongo capítulo. Usted ya conoce la fórmula: un rayo, una lámpara, una máquina descompuesta, un deseo pedido al pastel de cumpleaños. Lo que sea. Y una mañana el niño amanece en el cuerpo del padre, y el padre en el del niño.
Lo humillante es que el padre, de metro y medio, con mochila y zapatos que no sabe atarse, oye su propia voz diciendo: «¿Ya te cepillaste? ¿Dónde dejaste la cartera? ¡Es tarde!»
Pero el capítulo necesita su tragedia. Siempre la necesita, si no es un anuncio. El niño, en el cuerpo del padre, decide que él maneja. A las ocho y diez ya chocó contra el único poste de la cuadra, que, como en todas las series, estaba justo ahí esperando. Y el padre, desde la banqueta, con mochila, mirando el desastre, suelta la única palabra posible. «Padres.»
Música de violines. Alguien en la tele dice «wow, qué desastre». Risas grabadas.
Claro que nadie lo filma. Nadie prende la tele para que lo regañen.
Pregúntele al Doctor. Doctor Who, temporada 11, la primera de Jodie Whittaker. El showrunner, Chris Chibnall, quiso enseñar: Rosa Parks en «Rosa», la Partición de la India en «Demons of the Punjab», una empresa de paquetería con sus robots en «Kerblam!». Hubo capítulos muy elogiados, ojo. Pero a buena parte del público le sonó a sermón con efectos especiales, con el Doctor explicando de más. Y uno prende la tele para atontar la neurona, no para que se la regañen.
A mí, personalmente, me gustó de medianamente a mucho. Reconozco que tengo un defecto: quiero atontar la neurona sin olvidarme del mundo. Mala combinación.
Y de paso, el escándalo de que el Doctor ahora fuera mujer. Señores: es un alienígena de dos corazones que viaja por el tiempo en una cabina azul, y la polémica era si en la próxima regeneración sería hombre o mujer. Caramba. Para alguna cultura de la galaxia es un dios. Y un dios, que yo sepa, no llena el campo «sexo» del formulario.
Pero volvamos a lo mío. No debería meter las narices donde no me llaman. Aun así, por la ventana veo al padre haciendo de vejerete, y el coraje, esta vez, tampoco es mío. Y veo la cara de la criatura, con ese sentimiento contenido de quien ya se sabe el sermón de memoria.
Se cierra la puerta. Silencio.
Y yo, tan comprensivo, tan padre, tan del lado de todos, recuerdo que mi esposa me pidió algo hace veinte minutos.
No sé qué. Escuché «bla, bla, bla».
