Las licuadoras de antes pesaban como yunque, sonaban como avión y se heredaban. Nadie les ofreció garantía y nadie la necesitó.
La de ahora es ligera, elegante, color grafito y trae un año de garantía. Viene escrito en la caja con letras grandes, como quien presume una virtud. Lo que la caja no dice es que el motor también sabe leer el calendario: la garantía vence el lunes y el aparato se despide el martes.
Qué puntería.